Krampus, leyenda germana

La Historia no sirve para nada

Un “presente permanente” encaja justo en un discurso hegemónico que pretende imponer la coyuntura, la pura impronta personal y la excepcionalidad como únicas explicaciones posibles

En en transcurso de la última semana me he topado con tres periodistas que expresaron su impaciencia, disgusto o al menos poco interés por la historia. Algo así como “todo eso ya pasó, no nos distraigamos”.

Va más allá de los nombres personales, pero gustaría citarlos a fin de que dejar en claro las distintas improntas. A dos de ellos me los encontré en el libro “Diálogos sin corbata”, de entrevistas al Dr. Kicillof.

M. Zlotogwiazda es licenciado en economía. Ante una respuesta del Dr. Kicillof que describía la pérdida del papel de la economía argentina en la región le contesta con un:

No me cuentes toda la historia argentina….

Joaquin Morales Solá, al menos para mi como tucumano, es un nombre asociado a la última dictadura cívico-militar (1976-1983) en Argentina. Antes de tocar el tema el tema de los Fondos Buitres ataja:

No me expliques qué son los fondos buitre…

Y Cristina Cubas, presentadora de economía en la DW español. Quien, como suele ocurrir en los medios y politología, utilizaba populismo con sinónimo de demagogía. Le consulte si las medidas de Franklin D. Roosevelt entrarían dentro de lo que ella llamo “ocurrencias populistas” me respondió:

Espera que saque el libro de historia…

Porque se desprecia a la Historia

Esta bien, no digamos desprecio. Ya Eric Hobsbawn decía en su Historia del Siglo 20:

La destrucción del pasado, o más bien de los mecanismos sociales que vinculan la experiencia contemporánea del individuo con la de generaciones anteriores, es uno de los fenómenos más característicos y extraños de las postrimerías del siglo xx. En su mayor parte, los jóvenes, hombres y mujeres, de este final de siglo crecen en una suerte de presente permanente sin relación orgánica alguna con el pasado del tiempo en el que viven.

Este “presente permanente” encaja justo en un discurso hegemónico que pretende imponer la coyuntura, la pura impronta personal y la excepcionalidad como las únicas explicaciones posibles. Quedamos desconectados de la evolución temporal de las instituciones sociales. Todo es un eterno aquí y ahora. Una operación discursiva que no es inocente.

La mala Historia

Pero no podemos atribuir esta situación a un perverso plan orquestado por los medios masivos de difusión hegemónica y sus voceros, los/as periodistas. Quienes se han acercado a la actividad historiográfica tienen también alguna responsabilidad.

Ya Nietzsche detectó que hay una práctica de la Historia que puede ser perjudicial. Citando a Goethe dice:

Me es tedioso todo aquello que únicamente me instruye, pero sin acrecentar mi actividad o animarla de inmediato

La mayoría de las personas tropiezan con la Historia en su formación escolar. Allí soportan las tediosas diatribas sobre las andanzas de personas muertas en ese lugar remoto que es siempre el pasado.

Ya más adelante quizás le encuentren algún gusto al relato de peripecias e inspiradores “ejemplos de vida” de nuestros antepasados. Esa historia que toma de la ficción sus actos, puntos de giro y climax.

Hay otra Historia, la de tipo museológico. Aquella para cuyos practicantes el pasado es un refugio del presente y se dedican meticulosamente a sacarle brillo. Una “cultura decorativa”, dijo Nietzsche.

Así la Historia es, para una parte no menor de la sociedad, un conocimiento erudito o entretenido, solo útil para juegos de trivias. Un saber que poco aporta para la vida diaria, el aquí y ahora de un mundo en constante cambio. Como nuestra Modernidad.

La buena Historia (Historiografía)

Hay otra práctica historiográfica. La que habla de la evolución de nuestras instituciones. La que desnaturaliza el presente, porque si las cosas no siempre fueron así, quiere decir que pueden y que van cambiar (no confundir con “el Cambio”).

Esta historiografía lejos de distraernos del presente, o “hacernos perder el tiempo”, nos da herramientas para analizar el mismo: categorías sociales, condiciones de mercado, sistemas de gobierno, análisis de discurso, clasificación y valoración de fuentes, análisis discursivo y un etcétera tan largo que corto la lista aquí.

Una Historiografía que sirve para la acción, para el aquí y ahora. Que habla del pasado, pero de nuestro pasado. De como llegamos hasta aquí y que problemas quizás enfrentemos en el futuro.

En la Historia para la acción. No para entretener, no para distraernos. Muy por el contrario. Una Historia sin la cual no se puede actuar porque de verdad se repiten las instituciones del pasado, como la esclavitud grecorromana demolida a golpes por los pueblos germanos y restaurada por el neoclasisimo arábigo y sajón.

Hubiera bastado conocer las condiciones sociales de Inglaterra durante la Revolución Industrial, el industridicidio de Thatcher y Reagan (y si además leyeramos a Dickens), para frenar cualquier intentona neoliberal.

Soupy twist!

Aclaración: F. D. Roosevelt fue un “populista”. Con similitudes económicas con Cardenas y Perón. Pero está bajando una línea discursiva que pretende igualar demagogía a populismo. Para mi se trata de un error. Y no uno inocente…